404: Bitácora literaria y Más

Crónicas de una mente atrapada entre páginas, escenas y universos compartidos.

¡Hola! Soy Alejandro Barahona Mora, un entusiasta de 22 años apasionado por la lectura, los animes, las películas, los cómics y los videojuegos. En este espacio comparto mis aventuras y descubrimientos en estos mundos que tanto me fascinan. ¡Acompáñame a explorar historias que inspiran y entretienen!

»Era una noche maravillosa, una de esas noches que sólo pueden existir cuando somos jóvenes»

Así comienza Noches blancas, una de las obras más íntimas y sensibles del célebre Fiódor Dostoievski, y también mi primer encuentro con su mundo literario. En esta breve novela publicada en 1848, el autor se aparta momentáneamente de los grandes dilemas morales, existenciales y psicológicos que caracterizarán su posterior obra, para desarrollar una historia profundamente humana y melancólica. Todo ello, respira una emoción que parece brotar de la experiencia personal de Dostoievski, como si en estas páginas hubiese depositada un fragmento de su alma joven, atormentada y aún esperanzada.

El protagonista, un joven solitario y sin nombre, a quien conocemos como »el soñador» vive encerrado en su mundo interior, pasea por la calles de San Petersburgo en busca de algo que no sabe nombrar, hasta que encuentra a Nastenka, una joven que cambiará el curso de las emociones durante unos pocos días.

»¿Quién soy yo? ¿Qué soy yo? Soy simplemente un hombre solitario, sin ocupación, sin pasiones, sin un solo interés…»

Dostoievski nos presenta un alma desconectada de la realidad, cuyo único contacto verdadero con el mundo exterior es a través de su imaginación. La ciudad, húmeda y silenciosa, no es solo el escenario, sino un espejo del estado interior del protagonista: bella, pero desolada, en este sentido, San Petersburgo se convierte en una prolongación del alma de nuestro soñador: fría y ajena a la calidez de una vida compartida

La relación que se establece entre el soñador y Nastenka parece prometer una redención emocional. Ella, también sola y desamparada, le ofrece atención y cercanía, pero desde el inicio, hay una sombra proyectada: Nastenka espera a otro. El soñador lo sabe, pero prefiere ignorarlo, abrazando una ilusión que le hace sentirse vivo por primera vez.

»¡Un minuto de felicidad! ¡Sí, un minuto! ¿Acaso no basta eso para toda la vida de un hombre?

Esa frase, resume la tragedia del protagonista: su amor no está hecho para durar, ni siquiera ser correspondido, es un relámpago en medio de la oscuridad. Nastenka no lo engaña, es sincera, pero la sinceridad no salva al soñador de saberse elegido solo por un instante, como un consuelo momentáneo y fugaz.

Aparte de este dolor, Noches blancas deja entrever una verdad más profunda y esperanzadora: la grandeza del soñador no radica en obtener el amor correspondido, sino en atreverse a sentirlo y enfrentarse al desencanto con dignidad. En ese acto de valentía reside un triunfo íntimo y silencioso, un logro que trasciende las circunstancias y eleva el alma. Así, Dostoievski nos invita a reconocer que, incluso en la derrota emocional, existe una forma de victoria que nos humaniza y nos hace más auténticos.

Más allá del amor no correspondido, lo que realmente late en el centro de Noches blancas es la soledad radical del individuo moderno, el soñador no está solo porque nadie lo quiera, está solo porque ha construido su mundo dentro de sí, incapaz de participar plenamente en el de los demás. Es un retrato adelantado de la alienación que se convertirá en tema constante en la literatura del siglo XX.

Dostoievski no juzga a su personaje, pero tampoco lo absuelve. Nos muestra que soñar, sin acción, puede volverse una forma de cobardía emocional, que idealizar a los otros es también una manera de no conocerlos.

Aunque Dostoievski es célebre por obras densas como Crimen y castigo o Los hermanos Karamázov, en Noches blancas despliega una lirismo delicado y una sensibilidad sutil que envuelven la narración en una atmósfera casi onírica, como si cada palabra fuera un susurro al borde del despertar.

«¿No le ha sucedido nunca encontrarse con alguien desconocido y sentir que ya lo conocía de siempre?»

Frases así, que en otro autor podrían parecer ingenuas, aquí transmiten una verdad profunda, pues el soñador habla desde la hondura sincera de quien ha vivido casi solo en su interior.

Noches blancas se erige como una obra breve pero profundamente humana, la cual no ofrece finales felices ni grandes giros dramáticos, solo un retrato nítido de lo que ocurre cuando alguien ama sin ser amado, cuando el corazón se entrega sabiendo que no será sostenido. Y, sin embargo, queda un eco de belleza en esa entrega: un destello que tal vez, como el soñador, uno prefiera conservar aunque duela.

Dostoievski nos recuerda que a veces la esperanza es más hermosa que la realidad, y que incluso un amor que no se concreta puede iluminar el alma por una vida entera.

¡GRACIAS POR LEERME!

Alejandro Barahona Mora

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